Guerra Total en Raabe

De azares y reencuentros inesperados.

La casualidad no existe

El día amaneció despejado, y los pájaros comenzaron su concierto diario en las orillas del lago Aloe. La luz del sol comenzó a iluminar los altos muros de la fortaleza de Bertland, y poco a poco, con la pereza habitual de cada mañana, las sombras se iban apartando de la ciudad a sus pies, y desvelando las primeras actividades diurnas. Incluso en la mugrienta y cada vez más grande ciudad exterior, los exiliados comienzan a salir de sus tiendas, para hacer sus necesidades y preparar sus desayunos. En las puertas de la ciudad se van apiñando los más madrugadores para intentar conseguir algún salvoconducto. En los improvisados puestos callejeros, otros van preparando sus productos por si alguien les cambia alguno de ellos por dinero, u otro bien igual de valioso. En la taberna flotante de Fergusson, también comenzaba la actividad. Los diferentes cargamentos de cerveza, leche de cabra, y cerdo, subían y bajaban por la rampa de acceso, cruzándose con los primeros clientes que tomaban el potente desayuno en oferta esa semana.

Olaf ferguson

Un paisano en la taberna comenzó a hablar de los problemas de escasez que se avecinaban, dado lo alto de la demanda, y la poca oferta. Pero a Olaf Fergusson, nunca le preocuparon los problemas, Olaf es un hombre de recursos. Cuando llegó a Bertland, hace una semana, y vio que el acceso a la ciudad estaba prohibido, pensó en seguir río arriba hasta Lakoburgo, pero al ver que la gente en lugar de marcharse, se quedaba, decidió que podía aprovecharse de ello un tiempo. Así fue que varó su barcaza, construyó un embarcadero para que cualquiera pudiera acceder a ella, le cambió a un carpintero un montón de sacos de grano y arroz, a cambio de unos taburetes y unas mesas. Apalabró algunos tratos con un criador de cerdos, y con un cervecero, naciendo así la populosa taberna flotante de Fergusson.

Olaf observó por encima de la barra como el pequeño Raven entraba en la taberna y se ponía el delantal para atender a los pocos parroquianos que ya estaban desayunando. -Buenos días Olaf. -Hola pequeño, ¿tu dorrmir bien? En mesa trres pedirr cuajo y dos piezas de pan con miel. El joven muchacho llevaba trabajando para él desde que llegó a la ciudad, llegaba algo tarde, pero ayudaba a Olaf, era limpio, y trataba bien a los clientes. Olaf estaba contento con él.

El día transcurría más o menos como siempre, del este llegaba algún nuevo grupo de exiliados contando lo mismo que otros, los Giaks campaban a sus anchas, y el clan Findal, en lugar de luchar contra ellos, se replegaba. Algunos decían que incluso se había aliado con esas criaturas. Los jefes de clan que no estaban de acuerdo con esta política o huían o morían. Los recién llegados intentaban entrar en la ciudad, pero se enteraban de que Signus Bertyris había cerrado las puertas, prohibiendo el acceso a al ciudad salvo a los residentes y a los que poseyeran un salvoconducto. Entonces se instalaban con los otros miles de exiliados en el exterior, plantaban un campamento, y comenzaban a intentar buscarse la vida.

Hubo un pequeño detalle que hizo que el día fuese algo distinto, un viejo conocido de Olaf, Bortas, con el que ya había tratado alguna vez, apareció por la taberna. Tras los abrazos y saludos de rigor, le comentó que tenía un “asuntillo” esta misma noche para el que necesitaba un poco de seguridad de alquiler. El negocio no entrañaba peligro a priori, pero en los tiempos que corrían nunca se sabe, era preferible gastarse unos cuartos a cambio de un mínimo de seguridad. Olaf prometió que si veía a alguien con cualidades, se lo comentaría por si acaso. De echo, recordó que uno de sus clientes habituales podía estar interesado. Un chico joven, silencioso con aspecto de haber guerreado más de dos veces, y pinta de estar a verlas venir.

Efectivamente, como todos los días, el chico apareció a primera hora de la tarde, se sentó en el sitio de siempre, y Olaf tuvo que atenderle, como siempre, porque Raven se acababa de marchar un momento a la bodega. Pidió la oferta del día, medio de cerveza con un plato de orejas, y se quedó allí descansando y observando a todo el que entraba y salía. Al rato se levantó y fue a hablar con Olaf, le preguntó si tenía patatas pues quería hacerse un guiso con unas salchichas que acababa de comprar en un puesto. Olaf aprovecho la coyuntura para comentarle el negocio de su amigo Bortas. Al chico pareció interesarle el asunto, pues marchó a hablar con Bortas nada más salir de la taberna.

Otro incidente vino a romper la rutina diaria de la taberna flotante de Fergusson. Ya avanzada la tarde cuando Raven se encontraba recogiendo una mesa, una turba de enfurecidos hombres se aproximaba a la taberna desde el sur, el chico al verlos, dejó lo que estaba haciendo, y salió corriendo saltando por la borda. Los enfurecidos hombres parecía que le perseguían pues salieron en pos de Raven gritando y maldiciendo.

Y he aquí, que por azares del destino, el joven y huidizo Raven fue a tropezar con el guisó de salchichas y patatas del joven con el que horas antes Olaf había estado hablando. Al joven, que no le hizo ni pizca de gracia dicho azar, agarró por un pie a Raven, haciéndole caer en el barro de cara. Raven se giró aterrado, nunca sabremos si por la turba enfervorizada o por la mirada de pocos amigos del joven del guiso. De entre la turba de norteños surgió un hombre, que con expresión de gran alegría se acercó al joven. Éste soltó el pie del chico.

- ¿Acromion?. – Dijo con cara de asombro.

- ¡Cornellius!. – Le respondió el monje entre sorprendido y regocijado.

Tras esta breves palabras se abrazaron efusivamente ante la mirada perpleja de todos los presentes.

Pasada la sorpresa incial, la turba empezó a requerir a Cornellius que les entregara el muchacho, pero a nuestro amigo no le gustaron los malos modos de tales requerimientos. Parece ser que el muchacho había herido de muerte a uno de los suyos hace unos días en el camino hacia Bertland. Acromion como de costumbre intentó apaciguar a las masas, parecía que conocía a los norteños. Pero en un momento de descuido, el joven muchacho, origen de la disputa, salió corriendo, mandando al traste cualquier intento de negociación y desencadenando la inevitable pelea. Parte del grupo persiguió al chico, y otra parte se enfrentó a nuestros conocidos amigos.

La mayoría de los perseguidores iban armados con palos, aunque alguna espada o hacha se veía en manos de algún que otro agresor. Al principio tanto Cornellius como Acromion, contenían los golpes, para evitar causar daños graves, pero al verse ampliamente superados en número, tuvieron que dejar las lindeces para otro momento, comenzando a usar sus armas como si de enemigos mortales se tratasen. Y así a los pocos segundos, más de una decena de norteños yacían en el suelo incoscientes, o gravemente heridos, mientras que nuestros héroes apenas tenían algunos rasguños y contusiones. El pequeño Raven que había sido interceptado por varios norteños, estuvo pataleando y revolviéndose por el suelo intentando zafarse de sus captores, hasta que finalmente éstos, al ver el destino de sus compañeros, decidieron poner tierra de por medio.

Acromion, como ya es habitual en él, tras apalizar a los pobres norteños, se dispuso a curarlos, cosa que el joven Raven no comprendía. Cornellius, acostumbrado a las excentricidades de su amigo, se vendó las heridas mientras hablaba con éste, sobre que había pasado durante las últimas semanas.

Acromion trató de explicarle a Cornellius los acontecimientos acaecidos en lo alto del monte Morguelo y como éstos le llevaron a cruzar la delgada linea entre la vida y la muerte. Pero por un motivo superior, los dioses han decidido que vuelva al mundo de los vivos.

Cornellius, con algo de escepticismo ante la rocambolesca historia de Acromion, le contó que tanto él como Mulo, fueron sacados de la fortaleza, por el anciano Eldrodden, cuando aún yacían incoscientes. Lo hicieron precipitademente, para evitar ser descubiertos y evitar así que terminaran lo que aquella caída casi consigue. El mulo se encontraba aún convaleciente, pues sufrió más daño que Cornellius al caer.

Del único que no sabían su destino, era del joven y alocado Wotan.

Raven por su parte contó poco, que los tipos esos le atacaron hace unos días en el camino hacia aqui, y ella…él, lo único que hizo fue defenderse. Creía que no les iba a ver más…

En estas tesituras se encontraban cuando Cornellius se fijó que la noche era ya cerrada, lo que le recordó subitamente que tenía una cita… a la que llegaba tarde. Cogió su equipo y empezó a correr hacia el lugar donde había quedado con Bortas, por el camino les explicó que el tipo buscaba protección, y que estaba dispuesto a contratar hasta a tres personas más. Raven y Acromion, se unieron a la carrera…

(continará…)

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McKlow

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